Jane Goodall: Reasons for Hope
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Acclaimed primatologist Jane Goodall called for animal protection and said that there are reasons to believe that humanity is going to stop climate change. Speaking at the 13th World Forestry Congress, Goodall claimed the origin of the problem is that our brains are unplugged from our hearts. “Each person can contribute to protect the environment just by thinking about their own little actions”, said Goodall, who has dedicated her life to conserving nature.

Basta con preguntar si han visto pasar una mujer de tez blanca, canosa, con un chimpancé de felpa en los brazos, para seguir el rastro de Jane Goodall en el XIII Congreso Forestal Mundial, que se lleva a cabo por estos días en Buenos Aires. Esa es la parte fácil. Lo difícil es abrirse paso hasta ella. La rodea siempre un enjambre de admiradores, colegas, estudiantes y periodistas.
Jane Goodall es una de las invitadas principales al congreso que reúne a expertos de todos los continentes para discutir estrategias que permitan frenar la deforestación y la devastación de los bosques. El tema de moda por estos días, previos a las negociaciones mundiales en Copenhague (Dinamarca), son los mecanismos para reducir emisiones y los mercados de carbono como el Redd, con los que se busca encauzar dinero hacia aquellos que conserven en pie los árboles. Hasta aquí llegó la experta mundial en primates para decir que todavía hay razones para la esperanza frente al cambio climático.
La historia de esta mujer es fascinante. Dicen que desde niña mostró un interés particular por los animales. Según su madre, un día asustó a toda la familia al desaparecer por varias horas. Al final, descubrieron que Jane había pasado todo ese tiempo tratando de descifrar de dónde venían los huevos que ponían las gallinas. “Fue su primera investigación con animales”, comento su madre en alguna ocasión.
Sólo hasta 1957, la joven inglesa emprendería el viaje que cambiaría su vida y de paso, muchas de nuestras ideas sobre la evolución del hombre. Ese año, una amiga del colegio la invitó a visitar una granja de su familia en Kenya. Allí conoció al famoso antropólogo Louis Leakey y dejó en él una profunda impresión. Sin tener ninguna formación universitaria aceptó la tarea de investigar los chimpancés buscando claves comunes de nuestra evolución.
Al principio, en las montañas y valles de lo que hoy es Tanzania, alrededor del lago Tanganyika, los chimpancés huían de la intrusa rubia. Pero con el paso de los meses se fueron familiarizando. Eso le permitió dejar de lado los binoculares para ver con sus propios ojos cómo transcurría la vida entre estos primates. En una de aquellas agotadoras jornadas, Jane descubrió que los chimpancés utilizaban palitos para hacer trepar las termitas y luego comérselas. Era la prueba de que no sólo los humanos construyen y usan herramientas.
En aquella época también reportó el desarrollo de una cruenta guerra entre clanes de chimpancés. Las batallas para exterminarse entre el grupo de los Kasekela y los Kahama se extendió por cuatro años. Al menos 60 premios internacionales, 23 libros publicados y diversos artículos científicos son el mejor testimonio de la importancia de sus trabajos en los bosques y selvas africanos.
“Somos la especie más inteligente y sin embargo estamos destruyendo el planeta”, dice Jane para luego preguntarse ¿por qué?, ¿a caso perdimos sabiduría? Su respuesta está lejos del academicismo y la ciencia dura: “Hubo una desconexión entre el cerebro y el corazón de los humanos. Los chimpancés nos demostraron que no somos los únicos con personalidad, sentimientos y una mente. Eso nos abre una nueva forma de entender los ecosistemas no como fuentes de servicios sino como espacios vivos”, dice.
En su opinión, no debemos esperar a que los gobiernos o la ciencia encuentren soluciones para detener el cambio climático. “Mi llamado es a que cada persona piense en las consecuencias de sus pequeñas acciones. Si multiplicamos esas pequeñas acciones por millones de seres humanos, de ahí vendrá el verdadero cambio”. Finalmente, Jane recordó que cada persona guarda la posibilidad de reducir su propia huella de carbono y contribuir así a detener el cambio climático.

